Pequeño encuentro con un hombre extraño que deriva en una breve reflexión sobre el paso del tiempo, los años y la madurez ¡Espero que te guste!

Perdido en mi

Me sentía perdido y distraído a la par que caminaba por la ciudad, hasta que me paré y miré a un extraño hombre que me había topado por la calle. No lograba verle bien, como si no pudiese enfocar. Estaba absorto y un tanto compungido. Tenía la sensación de que se parecía a mí, algo más viejo, cansado y reflexivo.

De igual manera él me miraba de una forma muy similar a como yo le debía de estar mirando. Era raro y casi incómodo. A pesar de ello, ninguno de los dos dijo nada. Nos limitamos a mirarnos.

Mientras yo pensaba en ello, él se acercó un cigarrillo a los labios. Aspiró sin prisa durante un par de segundos, tras los que mantuvo la respiración. Después de eso exhaló el humo.

Justo en ese momento dejé de mirarle y me puse mirar el cielo. Estaba muy oscuro y parecía que iba a llover. Era tarde, casi las doce de la noche. Ya faltaba poco para que me empezara a sonar el teléfono con algún mensaje felicitándome el cumpleaños.

Empezarían las conversaciones típicas de todos los años, como la típica de recordar cuántos años cumples; qué estás haciendo con tu vida; cómo lo vas a celebrar; promesas de tomar una cerveza para celebrarlo con alguien que hace mucho que no ves que, a no ser que te encuentres por la calle, sabes que no vas a volver a hacerlo…

A veces me pregunto si seré al único que le da igual su cumpleaños y la edad en general. Además, ¿qué significa ese número? Todos se preocupan de esa cifra sin darse cuenta de que lo que te suma edad no son los años. Son las palos y golpes los que te hacen crecer, son las cicatrices las que cambian tu mente, no las arrugas. Son los besos y los abrazos los que cambian el latir de un corazón, tanto por ser reales como por ser inexistentes. Dan igual los días, meses o años.

Mientras pensaba en ello me llevé un cigarro a la boca y me vibró el teléfono. Debían de ser las doce ya. Miré al hombre que seguía ahí enfrente y le dije: «Felicidades viejo, espero que nos cuides». Tras ello, me separé del reflejo del escaparte en el que llevaba rato parado.

Aspiré de ese infame cigarrillo que sostenía entre los dedos y, finalmente, miré por última vez a aquel hombre en el espejo, sin saber quien era, pensando que no era yo, recordando que en otro tiempo si lo fui.

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Fin.

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Lector beta:  @smoker_9206

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