Escuchaba el silencio. No es que no hubiera ningún sonido, oía la madera de las escaleras crujir, así como la de las vigas. El viento entraba por la ventana cortando su flujo con el marco, provocando un leve silbido acompasado por el tic-tac del reloj de la mesa, exasperarte. Esos ruidos acentuaban el silencio de la soledad que me acompañaba.

Apoyado en el saliente de la ventana de mi casa me sentía acosado por el ruido del río el fluyendo cauce abajo, que rugía al caer por un pequeño salto de no más de dos metros, alejado unos veinte del alféizar en el que me encontraba. Los grillos cantaban en los arbustos interpuestos entre la cascada y yo, mientras que las hojas de los árboles se zarandeaban con el viento que serpenteaba entre ellas.  Entonces comprendí como podía gritar el silencio cuando la única compañía es la soledad. Cualquier otra compañía habría opacado esa «tranquilidad» que hacía más palpable mi dolor. Las palabras y las risas hubieran liberado parte de la carga que oprimía mi pecho.

Pero mi única compañía era esa banda sonora formada por la naturaleza, alentándome a pensar, a dar vueltas a lo que quería evitar tener en mente. Algo que necesitaba hablar, pero no había nadie con quien desahogar mis penas. Solo tenía un cigarro entre las manos y, en la mesilla de noche, un viejo cuaderno que guardaba junto a un bolígrafo. No sé cómo se me pasó por la cabeza, supongo que fueron las ganas de hablar o de gritar, de poner en orden mis pensamientos o las de llorar. Quizás las ganas de golpear y ser golpeado o las de abrazar a alguien y ser abrazado. No lo sé del todo bien. Solo sé que aferré el bolígrafo. Lo aferré con fuerza y sin ser muy consciente de que lo hacía.

Lo agarré tan fuerte que poco después de escribir un par de palabras y tacharlas me dolían las yemas, pero seguí deslizándolo por la hoja, iba a explotar. Escribía, tachaba y arrugaba folios mientas que poco a poco la presión que sentía sobre mis costillas desaparecía, al igual que la agresividad del vaivén del bolígrafo. Seguí escribiendo. No sé si fueron minutos u horas. Cada trazo era más preciso, ligero y rápido. Apenas necesitaba parar para pensar, y si lo hacía, leía las dos últimas frases y me lanzaba a por una nueva de forma intuitiva.

Al final, cuando posé el bolígrafo, vi un montón de folios arrugados, rotos y con tachones. Excepto uno. Completamente limpio. Lo miré con él cariño con el que un padre mira a su hijo recién nacido y lo leí despacio. Supe que estaba acabado. No sabía porque, pero no necesitaba ni una palabra más, ni una menos. Ni él, ni yo. Me acosté y, tras muchas noches de insomnio y leves cabezadas, puede dormir.

Cuando lo volví a leer a los días me sorprendió que fuera yo el autor de la obra. Me llenó de orgullo y, en el fondo, de vergüenza. Probablemente cualquier entendido diría que era mediocre, pero a mi me parecía maravilloso. Después de leerlo me di cuenta de que ya no me dolía pensar, por lo menos no tanto. En ese momento descubrí que me había enamorado de la escritura.