¿Sabes? Creo que ya se cual es el problema. Es como el mar. Cuando lo ves por primera vez te maravilla, ves que es inmensamente grande y quieres conocer cada recoveco de él. Es como una droga, te das cuenta de que por mucho tiempo que pases sumergido en sus aguas nunca terminarás de conocerlo. Cambian sus oleajes, corrientes, fauna…
A pesar de ello todos los días acabas yéndote a casa, solo. Aburrido de intentar vivir en él sin que ahogarte. Te cansas de no poder meterte hasta el fondo por temor a acabar siendo devorado por su oleaje y de tener que mirar la bandera de la orilla para saber si está en calma o resulta peligros. Es frustrante. Realmente lo llevo mal. Muy mal. Pero no es lo que peor llevo.
Lo que peor llevo es intentar ir cada día de madrugada, ilusionado por contemplarlo, pero me sorprendo, pues al salir el sol la marea baja, alejándose de mi. Sin embargo, cuando decido irme y la luna esta lo suficientemente cerca, la marea sube y la brisa me susurra “quédate”. Y muchas veces me quedo, con los pies en la orilla, oyendo como rompen las olas sobras en la orilla, escuchando como sube el agua por la arena para finalmente sentir una caricia en los pies. Es jodido.
 
Es jodido saber que en ese momento me quiere. Cuando escucho las olas me dicen “te quiero”, y al romper llega el pero, “tengo miedo de ahogarte”. El problema es que ya no aguanto depender más de de la luna para tenerte y, aunque quiero hacerlo, me duele. Así que me he vuelto egoísta, evitando las magulladuras, bañándome en la piscina.