… y entonces me besó. No era la primera vez que lo hacía, pero era la primera vez que yo no quería que lo hiciera. Y eso hacía que me doliese. Me dolía demasiado y ella lo notó.

Me preguntó si estaba bien, si estaba todo correcto. Antes de contestar la miré a los ojos e intenté detener el tiempo. Quería recordarla así por siempre. No quería recordarla como la vería después de decírselo. A ella no.

Me quedé callado y memoricé su cabello. Era liso y reflejaba la luz de la luna llena que nos arropaba esa fría noche de Diciembre. El final del pelo resbalaba por sus hombros, pero no os equivoquéis, tampoco era muy larga su melena. Para mi tenía la medida perfecta. Se había cortado el flequillo y, aunque todavía se no me había acostumbrado, le quedaba muy bien. Jamás lo habría pensado.

Sus ojos eran de un verde claro azulado y me atrapaban cada vez que me detenía en ellos, no por su color, si no por su mirada. Era especial. Tenía algo único tras esos iris color esmeralda. En ese momento me miraban como si ella tuviese todo lo que necesitaba. Y en ese momento solo me tenía a mi. Por eso me dolía tanto.

Tanto que no podía besarla, tanto que no podía hablar normal con ella o acercarme como siempre. Me dolía tanto que no podía aguantar más, porque cuando imaginaba que estaba así con otro sentía un vacío inexplicable. O bien me mentía y jugaba conmigo o no se daba cuenta de lo que yo veía. Y si no podía estar conmigo como yo necesitaba tenía que desaparecer. Ya le había dado mucho tiempo. Por todo esto no quería que me besara. Pero lo hizo. Y tuve que hablar.

Se lo expliqué y aunque en verdad ella esperaba que llegase ese momento, no pensaba que iba a ser entonces. Parecía estar un en shock. No sabía qué decir y su mirada se volvió triste. Parecía que tenía ganas de llorar. Y eso me dolió. Solo supo decirme dos cosas. La primera fue que no esperaba que le fuese a doler tanto. La segunda me la guardo para mí.

Estuvimos un poco más. Yo intentaba irme y ella no me soltaba. No quería que me fuese. “¿Por qué me lo pones tan difícil?”. Finalmente la abracé antes de marchar. Mientras la aferraba entre mis brazos notaba que estos no querían soltarla, como si quisieran ser su abrigo por siempre. Sentía que ese era era su lugar. Parecía que ella sentía lo mismo, pero no lo dijo y tuve que marcharme.

Me di la vuelta y ese adiós terminó por explotar mi pecho. Ardía en una mezcla de llamas formadas de dolor, tristeza, enfado y decepción. Quería darme la vuelta, mirar atrás y verla por última vez. Pero no debía hacerlo. Cuando supe que no me podía ver me paré en un banco. Saque el tabaco y me pregunte si era lo correcto.

Me intente de convencer de que sí con el segundo cigarro. Necesitaba algo de ella que no podía darme, solo iba a causar dolor siguiendo así. Y no solo a mi. También a ella. Pero todavía podía tomar una decisión. Sin embargo, eso tenía que hacerlo ella, yo no podía pedírselo. Igual soy tonto, pero hay cosas que pienso que tiene que salir de uno mismo. Solo se puede decir lo qué se siente y esperar a que la otra persona reaccione. Si no pierde su valor, pues parece que ha sido forzado y no una decisión propia. Pura presión.

Mientras fumaba el tercer cigarro, volví a recordar sus ojos antes de confesarle mi decisión. Esos ojos verdes… A pesar de darme dolor, también me calmaron. Decidí permitirme ese lujo de momento. Pues aunque le dije “adiós”, una pequeña parte de mí esperaba que volviera con un “hola”, tras descubrir lo que había oculto en lo más profundo de su mirada.